EL MILAGRO DEL ÁRBOL
Adaptación a cuento de un Evangelio escuchado
en la Iglesia del Salvador en la Ciudad de Buenos Aires
Hace más de dos mil años, en un monte de Jericó
cerca de Jerusalén, tres árboles, un Abeto, un Abedul y un Roble, conversaban
animadamente, "eran tres árboles en espera de un redentor".
Habían
escuchado la prédica de profetas cuando contaban a la humanidad, que faltaba poco para
que llegara al mundo el Mesías, el
Hijo de Dios hecho hombre, El Salvador.
Entusiasmados los árboles pensaban su futuro y trataban de, con el tiempo, convertirse en
algo que fuera agradable al Señor. Me gustaría, decía el Abeto, que mi madera al ser
tallada por el hombre, quede convertida en un hermoso cofre donde guarden las joyas más
valiosas, poder encerrar oros, piedras preciosas, valiosos diamantes y coronas para mi
rey.
El Abedul
anhelaba ser un barco de inmensas dimensiones, capaz de poder surcar mares y océanos y
así traer a los fieles de todo el mundo, para postrarlos a los pies del maestro que vendría.
Yo en
cambio, pedía el Roble, quisiera permanecer unido a la tierra, pero ser tan alto e
importante que desde lejos, el hombre al mirarme, sepa que le señalo el cielo donde
estará mi Dios. Desearía ser el signo inconfundible de la Iglesia de Dios en la tierra y
la unión del hombre con el Señor.
Pasó el
tiempo y un día en el monte de Jerusalén apareció un leñador. Miró uno por uno los
árboles y dirigiéndose al primero de ellos dijo: -este
me sirve- y lo taló.
Observando
pensativo al segundo árbol, el leñador aseguró que le serviría y también lo taló. Se
acercó al tercero y en silencio, casi sin mirarlo, también lo taló.
Bajó el
leñador por la cuesta con su pesada carga sobre las bestias y las llevó al carpintero en
un pueblo cercano. El pueblo se llamaba Belén y dejó allí al Abeto. El ensamblador
realizó con los maderos un cajón para dar alimentos a las bestias, donde se guardan
granos y forrajes. El árbol entristeció hasta las lágrimas, no era el destino que él
había soñado. Lo dejaron en un pesebre de las afueras, pero no se lamentó.
El Abedul
se alegró cuando vio que el arreo dirigía al norte su carga hasta cerca del Lago de Tiberiades y supuso que su ambición se
cumpliría. Un marinero lo aserró y de él extrajo largos maderos, mas no construyó un
suntuoso trasatlántico como él había
soñado, sino que lo convirtió en una barca, una hermosa barca, pero solamente una barca.
Para su desgracia y por su envergadura no fue botado al mar, sino dejado en el lago y
tampoco se lamentó.
El Roble no
tuvo mejor suerte, fue cortado en gruesos maderos de distintos tamaños y tirado en el
piso del templo en la plaza de la justicia. Tampoco se lamentó.
Pasa el
tiempo y Augusto quiere censar su Imperio; todos empiezan a moverse. Las principales salas
de las casas de Judea, la
ciudad de David, estaban colmadas de peregrinos que deambulaban para ser empadronados en su ciudad
natal, solo quedaban pesebres.
Un artesano
llamado José que por ser descendiente de David, nació en Judea, guiaba acompañando a una muchacha llamada María,
su esposa que estaba embarazada. Venían desde Galilea en la ciudad de Nazaret,
sobre un burro y luego de ser censados, a María le llegó el momento del parto. Y el
cajón dejado en Belén, cuyo árbol había soñado con ser cofre contenedor de preciosas
joyas, tuvo su recompensa. En él se depositó la joya más valiosa de la humanidad.
Y pasaron
muchos años más para que el Abedul, al que el marinero había convertido en barca, fuera
compensado. Un día recibió a su bordo, un grupo de trece hombres que lo llevaron por las
aguas serenas del Lago de Tiberiades y vio como uno de ellos dormía mientras una tremenda
tormenta desató su ira.
Sintió, la
barca llena de agua y a punto de zozobrar, que su vida acabaría destruida por el
temporal. Lo mismo sintieron los otros doce, que despertaron al dormido diciéndole
"Maestro, Maestro, ¡estamos perdidos! La barca pudo ver como Él, levantándose
amenazó vientos furiosos y olas encrespadas, los calmó y las contuvo, reencontrando la serenidad de las aguas. Él,
que ya otra vez, había caminado sobre ellas.
Dos maderos
del Roble, uno más grande que el otro y atados en forma de cruz, sintieron en un momento
de su vida, cuando el cuerpo de un hombre justo con una corona de espinas, los arrastraba
hasta el Gólgota y allí clavado lacerado y mancillado entregó su vida por sus
semejantes y salvo aquella pregunta "Elí, Elí,
lamá sabactani" (Dios mío,
Dios mío, ¿por qué me has abandonado?) no se le escuchó ni una queja.
Plantados
los maderos entre otras dos cruces, sintieron que inscribían en el travesaño más largo,
la leyenda "Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum" En
pocos días la hermosa carga subió a los cielos y el madero quedó en la tierra como
significado de esa epopeya.
Desde
entonces, cada Navidad, cada jornada, a cada instante se recuerda la increíble
coincidencia de los árboles con Dios, porque entre otras cosas ellos como el Señor,
nunca se quejaron de su suerte. Los árboles, tienen más capacidad que los humanos de
invocar, involucrar y servir a Dios . . .
Nuestros
árboles, que aparentan ser altivos y resistentes aunque les cueste tanto vivir, entregan
su madera para la casa y el calor del hombre. Entierran sus raíces profundamente en la
tierra buscando la humedad que el medio les niega. Soportan vientos, heladas y mal trato y
sin quejarse, en cada primavera renacen lujuriantes, dejando atrás las inclemencias que
los descarnan en los duros inviernos, como quien deja atrás los rencores y las ofensas.
¿Acaso esa
vida no caracteriza la áspera naturaleza local?
El Árbol
debería ser el símbolo de San Juan.
CARLOS ALBERTO ALBARRACÍN R.
SAN JUAN
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