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LOS ÁRBOLES DE ANA
I
No sé por qué milagro sus
sombras eran azules. En ese atardecer todas las sombras tenían color de sombra, menos las
de los árboles de Ana; frescas, húmedas, vivas y azules, atraían mi mirada con aire
mágico.
Recordé sus palabras y la vi en medio de los
árboles...
El predio del Racing Club de Castex estaba
arbolándose. Ana llegaba de la mano de su papá; le gustaba acompañarlo cuando iba a ver
el riego de las plantas nuevas, a comprobar si el agua había cubierto todas las acequias,
a cerrar los grifos...
Para Ana su papá era un ser muy especial. Por
supuesto el mejor, el que no gastaba las palabras, porque las que empleaba, exactas y
necesarias, sin estridencias ni propaganda, las apoyaba con sus acciones y Ana
intuitivamente amaba esas palabras. Caminando a su lado escuchaba las de los árboles:
eran las hojas las encargadas de relatarle, los vertiginosos viajes del Pampero que
llegaba por el sudoeste, jadeante y apurado barriendo nubes, depositando frescos besos en
las copas altas y asustando a las ruedas de los molinos, que al encontrarlas desprevenidas
convertía en enloquecidas calesitas vacías. Las ramas le tarareaban las canciones de
cuna que componían por si los pájaros hacían nido y Ana inventaba las letras.
Se soltaba de la mano de su padre, para
descansar sentada en el borde de la acequia. ¿Descansar? No. ¡Soñar! pero sin cerrar
los ojos porque si los cerraba no vería los árboles, ni los pájaros, ni el atardecer,
ni la noche, ni el cielo... y ellos eran su sueño.
Quería además, beber agua como los árboles.
Se quitó los zapatos. Entonces sí, al agua! ¡Qué delicia! Ella también era un árbol,
sus pies las raíces que bebían el riego, su cuerpo el tronco, sus brazos eran ramas, sus
cabellos hojas. Y tenía nidos, nidos y gorjeos... cómo gorjeaban los pichones! Alrededor
batía sus alas una calandria, un hornero traía el primer barro. Abrió su mano izquierda
con la palma hacia arriba para que el albañil comenzara allí su casa, un gorrión
revoloteaba y ¡oh, milagro! Ana tenía sombra como los árboles. Una sombra azul, fresca,
húmeda y viva.
Quedó maravillada... Ahora sí era un verdadero
árbol.
Levantó la mirada. Las estrellas comenzaban a
asomarse. Empezó a buscar: Los Siete Cabritos, Las Tres Marías, La Cruz del Sur... y las
propias. Tenía estrellas que había bautizado ella misma y siempre reconocía: La
Ternura, de luz clara, tenue, casi transparente; La Coqueta, coqueta, brillante, titilando
veloz y continuamente; La Juguetona, aparecía y desaparecía; El Abrepuño, pequeña,
amarilla, perfecta, con rayos como espinas; El Cardo, grande, circular, un pompón casi
purpúreo.
De pronto no miraba ninguna en particular, sólo
el cielo ¡ah! ese cielo pampeano... límpido, traslúcido... Sus ojos eran dos estrellas
más, asombradas, absortas, inmensamente felices. Salió de la acequia.
Caminando sobre el pasto se secaron sus pies; se
calzó, corrió y saltó entre los árboles hasta que alcanzó a su padre que se había
detenido a esperarla y sonreía comprensivo. Siguieron andando y... volvía a repetirse la
magia. Esa sensación de plenitud, de belleza. Los olores netos de la naturaleza, las
chispitas de las luciérnagas, el encantador violín de los grillos, la mano tibia y
segura de su papá.
II
El campo del Racing Club fue
progresando. Lo primero fue su Cancha de fútbol, aún le parece a Ana escuchar los
ladridos del "Coco Contarini" (único perro que conoció con nombre y apellido)
alentando al equipo o festejando un gol; tuvo luego su pileta de natación, su pista de
patinaje y su Parque de Juegos Infantiles. Disfrutaba de todo con la ingenua alegría de
su niñez plena de amor, pero no olvidaba sus árboles. Los pequeños habían crecido, los
grandes se habían hecho más corpulentos. Todos para ella, sólo para ella, seguían
teniendo sus sombras azules.
III
Y Ana se fue del pueblo pero
no se fue de sus sueños.
Perdió muy pronto a su papá.
Entonces... cada vez recordó más a sus
árboles porque eran como él, acogedores, tiernos, de pocas pero profundas palabras,
sostenedores de nidos, de verdades sencillas y vitales como una canción de cuna.
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Ha pasado el tiempo... mucho tiempo...
Aún hoy, Ana recuerda a los viejos árboles del
Racing Club, siente la vida de sus troncos firmes, amparadores de sueños y de llantos.
El alma de Ana es una sombra azul que se ciñe
más, más y más hasta confundirse con los árboles...
El alma de Ana vuelve a encontrar a su papá.
LA TRISTEZA Y LA ALEGRÍA DE UN NIÑO BUENO
El pueblo despertaba. Las
amplias diagonales de su hermoso trazado, dibujaban encuentros de bocacalles silenciosas.
Años en que los jóvenes pueblos del entonces
Territorio de La Pampa, comenzaban a hilar su futuro desde una vida recién inaugurada.
Tiempo de vacaciones.
En consecuencia avanzaría la mañana sin
aquellos clásicos llamados de campana con sus finales característicos: ¡Tan...! (Era la
1¦) ¡Tan... tan...! (la 2¦). A correr los dormilones y rezagados para no llegar tarde.
¡Tan... tan... tan...! (la 3¦). Unos pocos "refucilos" vestidos de blanco
arribaban jadeantes en procura de ganarle a "la formación de entrada a clase".
Sin este bullicio la serenidad marcaba el inicio
de la mañana.
De pronto un ruido poco familiar comenzó a
escucharse hacia el camino. El ruido era cada vez más cercano. Imprevistamente, por la
calle de entrada asoma una caravana de vehículos. Son carretas y carretones, a paso
lento... casi vencidos por la carga... y por los años.
¡Un circo! -exclama Juan, el ayudante de la
panadería- se quedó en la vereda esperando la consulta. Ya se imaginaba que
preguntarían por algún terreno baldío, donde les permitieran armar la carpa.
Les indicó el probable lugar. Estaban
habituados a que todos los circos se instalaran en "el campito" al lado de la
imprenta.
Como ocurría siempre, un número apreciable de
curiosos seguía los pormenores de la instalación.
Se distinguía entre los observadores un niño
de corta edad. Era Rubén, hijo de los dueños del baldío donde se asentaba la carpa.
Estaba acostumbrado a ver ese espectáculo de vez en cuando, porque era común la llegada
de algún circo durante los veranos. Parecía que habían encontrado buena plaza en el
pueblo.
Al día siguiente comenzaron las funciones.
La familia de Rubén tenía entrada gratis, en
retribución por el préstamo. Así es que él y sus hermanos eran asiduos concurrentes.
Pero durante el día, el niño iba también
muchas veces a mirar los animales y a conversar con los cuidadores. Especialmente con
Juancito, un muchacho de origen mapuche, que había llamado su atención y le resultaba
muy simpático.
Pasaron algunos días...
La madre de Rubén notó que el niño a veces se
ponía triste. Le preguntó la razón y él le contestó:
-Nada... mamá, estaré aburrido.
-¿Aburrido? ¿De qué hijo? Si pasas el día
jugando con tus hermanos y tus amigos y ahora, para más diversión tienen el circo.
Ahí quedó el asunto.
Cuando la mamá volvió a notar que Rubén se
ponía triste, especialmente a la hora del almuerzo y la cena, lo llamó aparte e
insistió en preguntarle la razón. Él entre lágrimas le contó su tristeza.
-Mamá, es por Juancito. En el circo se ocupa de
cuidar los animales, pero no sólo eso; come y duerme en la jaula con ellos, así nomás,
sentado en el suelo, come cualquier cosa. Los animales son muy lindos mamá, pero son
animales.
-A lo mejor podemos ayudarlo- respondió doña
Juana.
-Sí mamá -exclamó de inmediato el niño- que
venga a comer a casa.
La larga mesa de doña Juana, colmada por sus
once hijos y muchas veces por algún convidado ocasional, hizo un lugar para Juancito.
La tristeza de Rubén, la entrañable tristeza
de un niño bueno se convirtió, no sólo en alegría para él, sino también para
Juancito, quien con ojos asombrados, desde sus limitaciones y su buen corazón, recobraba,
sin explicaciones, la dignidad perdida.
Pasaron los días... todos en el pueblo trataban
a Juancito familiarmente. Su vida parecía haber encontrado una pequeña lucecita que no
podría borrar los golpes del pasado, pero que lo estaba tentando a atreverse a cambiar el
rumbo de su vida. Era una víctima de la cruel conquista que lo había despojado
brutalmente al dejarlo sin familia, sin lugar en su propia tierra y sin armas para
defenderse.
Se fue el circo... como siempre, los chicos
miraron la caravana hasta que se perdió en el horizonte.
Al lado de ellos un nuevo habitante del pueblo,
Juancito, decía adiós a parte de sus penurias.
HILDA O. CORREA LÓPEZ DE CARRIZO
SANTA ROSA - LA PAMPA
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