|
||
![]() |
HABRA UNA VEZ UNA TIERRA III Convocatoria Literaria Nacional 1999 Género Cuento y Poesía Temática Definida con orientación infantil y juvenil Edición noviembre de 1999 155 páginas 60 autores argentinos Colección Hadas y Duendes |
|
PROLOGO Asistidos por toda la magia y fantasía que proporciona un cuento, prologaremos esta Antología, plasmando en su esencia el mensaje de Fe y Esperanza que deseamos transmitir a nuestros semejantes, principalmente a niños, adolescentes y jóvenes. Quienes unidos por un ideal común integramos esta obra literaria, imbuidos con profundos sentimientos de hermandad y amor. La que guarda en sus páginas fecundas semillas de un nuevo tiempo, que en un futuro no demasiado lejano, vivirá la tierra alcanzada por la misericordia de la Suprema Creación Universal, que jamás abandona a ninguno de sus hijos. LOS FRUTOS DEL AMOR Comenzaremos esta historia con la frase que tantas veces escucháramos de pequeños, umbral que nos transporta a una dimensión en la que todo es posible: ERASE UNA VEZ ... un maravilloso Planeta llamado TIERRA, iluminado por millones de estrellas, un sol de oro y una luna de plata; su superficie estaba cubierta por inmensos mares, grandes lagos, torrentosos ríos y cantarinos arroyos de puras y cristalinas aguas. Majestuosas cadenas de montañas lo cruzaban en distintas direcciones, elevando sus imponentes y nevadas cumbres hacia un límpido cielo azul. Fértiles valles y extensas praderas cubiertas por abundantes hierbas, flores, gran diversidad de plantas y frondosos árboles, desplegaban su colorida belleza, proporcionando alimento, purificando la atmósfera, tornándola sana y respirable. Poblado por innumerables especies de peces, animales terrestres y aves; y como invitados de honor, en aquel paraíso que fue creado para ellos: los Seres Humanos, con la noble misión de: Amarlo, Disfrutarlo y Protegerlo.Todo era equilibrio y armonía, pues los frutos del amor alimentaban la existencia de ese mundo, que viajaba por el Cosmos como una luminosa nave señera y embajadora de la Felicidad. Mas como a todo lo que brilla la maldad lo quiere empañar, apareció una extraña enfermedad que se manifestó primeramente en las almas de la gran mayoría de las personas, transformando los sentimientos de bondad en sus antónimos, alegría en tristeza, verdad en engaño, humildad en soberbia, dadivosidad en mezquino egoísmo, confraternidad en belicosa intolerancia y amor en odio; luego atacó a las mentes que dañadas por una fuerte amnesia olvidaron su hermandad y la noble misión que debían cumplir frente a la vida, debilitadas, obnubiladas, fueron fáciles presas de tres flagelos que disfrazados de inofensivos placeres, deterioraban vertiginosamente los cuerpos físicos, ellos eran: alcohol, drogas y tabaco. Creyéndose dueñas absolutas de todo y con derechos ilimitados, egoístas y ambiciosas minorías se repartieron y dividieron la tierra, denominando a esas divisiones, fronteras. Mediante tres nefastos poderes dominaron y esclavizaron a las masas, siendo a la vez los integrantes de esas minorías esclavos de sus propias desmedidas ambiciones. El primer poder fue el temor espiritual, que infundían a la gente quienes se autodenominaban elegidos, amenazando con tremendos castigos que supuestamente vendrían del más allá, si no se obedecía ciegamente los mandatos que ellos dictaminaban para su propio beneficio. El segundo poder fue el bélico, con el cual se aplastaba sin reparo alguno, todo intento de liberación de los oprimidos, alcanzando esta fuerza una capacidad destructiva casi inimaginable. El tercer poder fue el económico, con el dinero como señuelo de una siniestra trampa a la que solamente unos pocos lograron evitar. En medio de aquel caos, con la libertad encarcelada, desastres climatológicos de todo tipo, el equilibrio ecológico quebrado por la contaminación y depredación indiscriminados, quienes más sufrían eran los niños, adolescentes, jóvenes y ancianos, los primeros porque crecían en un presente incierto, inseguro, recibiendo una formación confusa de valores distorsionados y cuando por consecuencia de esa errónea formación cometían equivocaciones, la única solución que recibían de sus mayores, eran recriminaciones y castigos, y los ancianos porque en el ocaso de sus vidas se hallaban olvidados, desprotegidos, como seres descartables para una sociedad fría e indiferente. Claro que en medio de aquella noche oscura, existían pequeños faros de luz encendidos por personas que se matenían incontaminadas, e intentaban como podían aliviar las desventuras de su prójimo. Mas como cada noche tiene su amanecer y el mal triunfa transitoriamente y luego cae estrepitosamente, el nuevo día esperado por quienes aún conservaban en sus corazones fe y esperanza, llegó por fin. Acababan de concluir un siglo y coincidentemente un milenio, fechas cronológicas de uno de los calendarios con los que se medía el paso del tiempo en la tierra. Caía la tarde de un lúgubre domingo cuando de pronto . . . como si desde algún remoto lugar del Universo alguien hubiese oprimido un mágico botón, retornaron a todas las almas los sentimientos de bondad, las mentes recuperaron la memoria y los cuerpos físicos su vigor y lozanía. Todos los habitantes de una de las más populosas y sufrientes ciudades del mundo, escucharon una voz interior que los invitaba a converger a la orilla de un ancho río, que se hallaba en sus cercanías y hacia allí se dirigieron, sin saber que en todo el planeta estaba sucediendo lo mismo; una multitud de personas de todas las edades, razas y religiones, deliberaba intentando encontrar la manera de remediar tanto daño causado. El sol apenas visible en el oscuro cielo cubierto de smog se dormía tras las montañas, una tímida luna, aunque estaba llena, asomaba su débil resplandor detrás de las colinas hacia oriente, y las turbias aguas del río en fuerte correntada, producían un desagradable rumor. Cuando para asombro de la multitud, una luz blanca como jamás nadie había contemplado, cruzó el firmamento en todas direcciones, y un fuerte y helado viento barrió la superficie de la tierra, las personas instintivamente cerraron los ojos cubriéndose el rostro con las manos, nadie supo precisar cuánto tiempo duró este fenómeno. Al sobrevenir la calma, cuando con cierto temor abrieron sus ojos, no podían creer lo que veían, miríadas de estrellas resplandecían como joyas depositadas en el cielo, que se asemejaba a un finísimo tapiz azul, la luna llena iluminaba con todo su esplendor y magnetismo aquella noche serena, surcada por una suave brisa aromada de flores, el renovado verde de los árboles y la hierba alfombraba la pradera y laderas de las colinas cercanas ¡la escena era realmente maravillosa!, cuando aún los atónitos presentes no se recuperaban de su asombro, dos voces, una femenina primero y una masculina después, se escucharon con gran fuerza y claridad, mas también con una armonía y dulzura dignas del más afinado instrumento musical, expresando: "Buenas noches amigos", todas las miradas se dirigieron a la orilla opuesta, donde una mujer de inmaculada belleza se hallaba de pie junto a un hombre de abundante cabello y espesa barba, aquellos dos luminosos seres comenzaron a caminar lentamente sobre las aguas del río, que ya no se veían turbias, sino que parecían un pulido y delicado espejo de cristal, cuando se encontraban a muy pocos metros de la gente, detuvieron su andar y extendiendo las manos con gesto bondadoso repitieron el saludo, que fue correspondido por todas las voces como si fuesen una sola. Un anciano de sabia y serena mirada, caminó pausadamente hasta detenerse frente a los visitantes y se entabló el siguiente diálogo: - El Anciano: ¿Quiénes sois?
Una nube de forma extraña apareció inexplicablemente en el limpio cielo, de ella partió
un potente haz de luz que elevó a la pareja de visitantes, hasta perderse dentro de ella,
luego realizando una extraña pirueta a modo de saludo, desapareció rauda y
silenciosamente en el horizonte.
|
| Carmen L. Gismondi | Felipe A. Mateos |
DIRECTORES |
|